Las empresas deben adaptarse al entorno y a estos cambios para ser competitivas, y sus empleados juegan un papel importante en este proceso.
Trabajar no implica únicamente presentarse en el centro de trabajo y pasar allí las horas establecidas para nuestra jornada,
Lo importante es que los empleados sean productivos, que aporten valor a su puesto de trabajo, y por lo tanto, también a la empresa.
Un trabajador productivo, es un trabajador implicado.
Es imposible obligar a un empleado a que se implique en el proyecto de la empresa.
Los directivos deben generar un ambiente de colaboración y confianza, donde el trabajador se sienta cómodo, pueda expresarse y se le tenga en cuenta.
Los profesionales con alta implicación, generan entornos laborales productivos y rentables.
Estos trabajadores no necesitan ser dirigidos constantemente en sus tareas, llegan a su puesto de trabajo y saben qué tienen que hacer para ir sacando adelante sus tareas y conseguir alcanzar los objetivos marcados.
Actúan sin miedo a equivocarse, ya que es mejor cometer un error y solucionarlo, que permanecer inactivo y perder ese tiempo tan valioso sin avanzar en sus actividades.
Se informan sobre las novedades del sector, e incluso aportan ideas que pueden ayudar a mejorar la calidad del producto o servicio que ofrece la empresa.
Tienen la capacidad de innovar y de poner en práctica métodos que consideren más eficaces a la hora de realizar su trabajo, no siguen un patrón sin más, sino que se adaptan a cada situación.
Su ritmo de trabajo se adecua a las necesidades de cada momento, gestionan su tiempo de un modo eficaz, no pierden el tiempo en tareas improductivas, lo que les ayuda a realizar su trabajo a tiempo.
Esta forma de actuar implica un compromiso del trabajador con la empresa y consigo mismo.
Una buena familia, comienza con un buen ejemplo de los padres.
Fuente: eluniversal.com
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